sábado, 5 de septiembre de 2009

Esta enorme pintura fue encargada por Luis I en 1846 al académico Wihelm von Kaulbach con instrucciones muy precisas tanto en la magnitud como en el contenido de la escena a pintar. La pintura histórica muy de moda entonces debía reconocer y exaltar el orden establecido,tanto en el orden político como religioso, en aquellos años tumultuosos de mediados de siglo XIX.
Estuve un buen rato, sentado, mirando la grandiosa tela (585x705 cm) el pasado día 24 de agosto en la Nueva Pinacoteca de Munich y fuera de la composición académica me fijé en la disposición y luminosidad de los diferente grupos de figuras. Hay un arriba y un abajo, hay una derecha y una izquierda, hay unas zonas oscuras y otras plácidamente iluminadas. La contraposición de la imagen oscura del judío errante (a la izquierda) perseguido por los demonios y el grupo de los lectores con el simpático burrito amparado por los ángeles es asombroso.
La destrucción de Jerusalén por el Emperador Tito es una exposición clara y precisa del antisemitismo más deleznable que imperaba en aquella sociedad rancia y rica de Munich del siglo XIX, aquella sociedad que hizo posible que ochenta años después en una cervecería cercana bramara con sus arengas el mayor monstruo del siglo XX.
Kaulbach
Etiquetas: Kaulbach
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2 comentarios:
Muy bien pensado o traido a *cuento* que diría mi madre.
Me gusta esa forma de mirar el contexto, de esos lodos...
Eso es posible y la lectura del arte, incluso, por supuesto del arte abstracto, o cualquier manifestación artística, en clave de su tiempo permite una información sobre el que nos toca vivir.
espléndida obra
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